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Empecé a imprimir mis
libros, creo, en el año 2002, después de preparar
un catálogo sobre el gran poeta e impresor de la Generación
del 27, Manuel Altolaguirre. En España no hay mucha
tradición – bueno, realmente no hay tradición
en absoluto de la Private Press, de imprentas no profesionales,
imprentas ermitañas, pero sí ha habido grandes
impresores – los Cromberger de Sevilla en el siglo XVI,
la gran renovación de la imprenta española a
finales del siglo XVIII, con Joaquín Ibarra, Sancha,
o el valenciano Benito Cano, los Aguirre en en siglo XX, por
dar unos breves ejemplos. Y en los primeros años del
siglo XX, empezaron a salir las ediciones de Alberto Jiménez
Fraud, muchas veces ayudado y aconsejado por Juan Ramón
Jiménez, unos libros no muy caros, no de alta bibliofilia,
pero cuidadísimos, de un gusto, una elegancia, impecable.
En los años veinte vieron la luz las ediciones de Gabriel
García Maroto, muchas veces con sus propias ilustraciones
xilográficas.
Pero el gran maestro de la imprenta artística del siglo
XX en España ha sido el malagueño Manuel Altolaguirre.
Desde sus primeras ediciones de Litoral – cuando contaba
poco más de veinte años – pasando por
los libros que imprimía en París, Madrid y Londres
durante la República, las ediciones de guerra que sacó
a pocos kilómetros del frente – hasta las colecciones
que confeccionaba en el exilio cubano o mexicano; todos los
libros de Manolo Altolaguirre llevan su estampa personal,
una pureza y pulcritud de tipografía, una belleza que,
sin adornos ni trucos, deriva directamente de la composición
de los tipos en la página.
Y después de tener alguno de estos libros entre manos
quise ver si era capaz de producir algo parecido. Tuve la
gran suerte de que mis sueños de imprenta coincidieran
con el cierre de dos imprentas tradicionales en Santander,
así que tuve la oportunidad de comprar una Minerva
manual, tipo Boston, fabricada a principios del siglo XX,
otra máquina mayor, con motor eléctrico, quizás
de los años 20, un gran número de chivaletes
con tipos Ibarra desde el diminuto 6 hasta el 48, y tambien
una cantidad de tipos de madera, clichés, planchas
de grabado, etc.
Para empezar la obra tuve la buena fortuna de encontrar a
una joven, y muy buena poeta santanderina, Maribel Fernández
Garrido, quien estaba dispuesta a arriesgar su último
poemario en manos de un claramente inexperto impresor novato.
Descubrí que a pocos kilómetros de Lloreda,
en Muriedas, había unos fabricantes de papel artesanales,
Dínamo, que hacían papeles de una amplia variedad
de materias primas, y encima tenían un taller de encuadernación.
Después de este primer intento, hemos publicado libros
de otros poetas jóvenes, algunos ya muy conocidos,
otros ya muertos. Y seguiremos imprimiendo.
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